jueves, 23 de julio de 2026

PREGÓN PATRONALES DE LA VERDELLADA 2026


Pregón de las Fiestas Patronales de La Verdellada 2026

Don Francisco Javier García Rodríguez.
Magnífico Rector de la Universidad de La Laguna



Estimados vecinos y estimadas vecinas de La Verdellada:

En primer lugar, quiero agradecer a la Asociación de Vecinos “Los Verdeños” su amable invitación a participar como pregonero en este acto y, en particular, a su presidenta, Dª Yurena de la Cruz, y a su vicepresidente y responsable de la comisión de fiestas, Don Nauzet Rodríguez Fernández.

He de reconocer que recibí la invitación con cierta sorpresa, en la medida en que inicialmente no identifiqué la vinculación que mi persona, o la figura que represento, tienen con este lugar. No obstante, este sentimiento transmutó rápidamente hacia el de una inmensa gratitud por hacerme depositario de tan alto honor, tanto hacia la Asociación como, por extensión, al barrio. Y ello como consecuencia de la lectura de la carta de invitación en la cual se exponían las razones de la propuesta:

1. Por un lado, debido a la existencia de profundos vínculos con el barrio de La Verdellada durante mi etapa de formación académica, ya que residí en sus proximidades, concretamente en el Barrio Nuevo, forjando lazos humanos y compartiendo vivencias con vecinos y personas residentes.

2. Y, por otra parte, en la medida en que La Verdellada ha sido, se decía textualmente, “tierra de acogida para generaciones de estudiantes universitarios, convirtiéndose en un espacio donde el conocimiento, la convivencia y el espíritu académico encuentran refugio y arraigo”.

Por todo ello, asumí este reto con mucha ilusión, aunque también con una alta responsabilidad, al haber podido comprobar la altura intelectual e institucional de las personas que me han precedido en esta tribuna, gracias a una acertada decisión, tomada en 1999 de recuperar una tradición rota en algún momento. Me alegra comprobar que desde la Universidad de La Laguna ya hemos tenido un destacado antecedente en esta responsabilidad, con la presencia como pregonera en 2006 de nuestra querida ex-rectora Marisa Tejedor Salguero, si bien es cierto que en aquellos momentos ya no ostentaba el cargo, por lo que tengo el honor de ser el primer rector en ejercicio que participa en estas fiestas vecinales.

El barrio: origen e historia

Pero, más allá de estas consideraciones, lo importante es que esta es, ante todo, la fiesta de los vecinos y las vecinas, de esas algo más de 10.000 personas que hacen de La Verdellada uno de los núcleos más activos y dinámicos de nuestra ciudad Patrimonio de la Humanidad, y que constituye un paraje singular por su origen y su historia.

Precisamente la fuerza vecinal ha sido la que ha hecho crecer este barrio, cuyo nombre atesora un hermoso regalo para los que amamos la etimología, ya que recibe su nombre por haber sido inicialmente una zona de carácter agrícola, vinculada a pequeñas explotaciones dedicadas al cultivo de la viña, especialmente de la variedad verdello, una de las joyas de la viticultura regional, que llegó a las islas desde Madeira y el norte de Portugal.

De hecho, no sé si saben que el gentilicio del barrio, que además le da nombre a la asociación de vecinos y vecinas, verdeño ó verdeña, está recogido con el significado “natural del barrio de La Verdellada, en La Laguna” en una entrada del maravilloso diccionario ejemplificado de canarismos, obra de nuestra catedrática de filología románica en la Universidad de La Laguna y primera mujer canaria en formar parte de la Real Academia Española de la Lengua, Dolores Corbella, así como del también catedrático de filología española Cristóbal Corrales.

Fue a partir del as años 50 cuando el barrio comenzó a urbanizarse, coincidiendo con la expansión de San Cristóbal de La Laguna y conviviendo durante mucho tiempo las explotaciones agrícolas con nuevas viviendas, hasta llegar a la actual configuración urbana.

Entre sus primeros habitantes se encontraban familias procedentes del ámbito rural y trabajadores vinculados a las fincas próximas, lo cual configuró una nueva comunidad, estrechamente relacionada con el territorio y con formas de vida marcadas por la convivencia vecinal, un espíritu que, sin duda, aún pervive y explica el nacimiento de esta asociación.

En ese proceso cabe recordar figuras como las de Félix Pérez Linares, dueño de la finca matriz quien, a partir de 1955, vendió parcelas a precios muy económicos a los vecinos y vecinas con escasos recursos, lo que permitió dar inicio a la urbanización del barrio. Fue el suyo un acto generoso, ya que es sabido que algunas personas especialmente necesitadas pudieron acceder, incluso gratuitamente, a la propiedad de un terreno.

Precisamente alrededor de esa época, en 1959, nacería la asociación de vecinos de este barrio, que con el tiempo adoptaría su denominación actual, Los Verdeños. Esta entidad vecinal ha sido, sin duda, un factor clave para lograr que la calidad de vida de los vecinos y vecinas se equiparara a los estándares del resto del municipio, convirtiéndose con el tiempo en una de las asociaciones con mayor dimensión del movimiento vecinal de Tenerife. Gracias a su empuje, su devenir ha ido paralelo a la progresiva mejora de la calidad de vida del barrio. Inicialmente, tuvo que luchar por recursos tan básicos como el suministro eléctrico, el alcantarillado y el agua potable, pero con el tiempo su trabajo ha sido fundamental para lograr infraestructuras como instalaciones deportivas, centros comunitarios y culturales, además de un colegio, entre otras.

Pese a este cambio, experimentado en los últimos años, perviven en el barrio elementos que mantienen un fuerte valor simbólico para sus habitantes, como la Casa del Barco, algunas casas terreras o determinados lugares de encuentro cotidiano que continúan formando parte de la memoria colectiva de quienes han sido testigos, y en muchas ocasiones protagonistas, de esta evolución.

Del mismo modo, permanecen vigentes diversas manifestaciones culturales impulsadas desde la propia comunidad, como la tradicional Bajada del Diablo, que se celebra en la víspera del primer domingo de agosto, algo que para un Tijarafero como yo, donde la fiesta de El Diablo es una de nuestras principales señas de identidad, genera una corriente inmensa de empatía.



La ULL. Su historia reciente

Quiero destacar que esta cronología del barrio presenta paralelismos con la de la propia Universidad de La Laguna, con nuestro nuestro rectorado y campus central situados a escasa distancia de La Verdellada.

Así, del mismo modo que en los años 50 se produjo el inicio del desarrollo urbano del barrio, esa época fue también trascendental para el gran crecimiento contemporáneo de la Universidad de La Laguna.

Nuestro centro tiene 234 años de antigüedad, pues fue fundado en 1792 en un decreto firmado por el rey Carlos IV. Sin embargo, su primer periodo histórico fue muy azaroso, por las convulsiones propias del siglo XIX español que trajo, entre otras consecuencias, el cierre de muchas universidades españolas, entre ellas la nuestra, que por aquel entonces era conocida como la Universidad Literaria de San Fernando.

De tal forma que no es hasta 1927 cuando se crea definitivamente un distrito universitario en Canarias, comenzando en ese momento la etapa moderna de la Universidad de La Laguna con su actual denominación. Por ello, el próximo año se cumplirá un siglo de aquel hito, que da lugar al comienzo de nuestra historia contemporánea, por lo que, por cierto, estamos trabajando ya en un amplio programa conmemorativo, abierto a la participación del conjunto de la sociedad.

Tras esa reapertura de 1927 comienzan a operar únicamente las facultades de Derecho y de Ciencias Químicas y un curso preparatorio de Filosofía y Letras. En 1929, el ayuntamiento cedió a la universidad el terreno conocido como El Cercado del Marqués para construir en él un edificio principal y un colegio mayor, donde hoy están ubicados nuestro edificio central y el Colegio Mayor San Fernando.

Este proceso no fue todo lo ágil que cabría esperar y, aunque las obras se adjudicaron finalmente en 1935, no se retomaron hasta pasada la Guerra Civil, de tal modo que el verdadero periodo expansivo y de consolidación de nuestra universidad comenzó, justamente, en los años 50, coincidiendo, por tanto, con el inicio del desarrollo de La Verdellada.

Así, mientras la Universidad de La Laguna ha crecido hasta contar con 15 facultades y escuelas, 21.000 estudiantes, 1.6000 docentes y unos 850 integrantes de la plantilla de personal técnico, de gestión, admiración y servicios, La Verdellada también se ha desarrollado de manera muy significativa, con una gran transición urbana e incorporando importantes mejoras en infraestructuras y servicios y transformando buena parte del paisaje rural que caracterizó históricamente al barrio.

La Verdellada posee actualmente un recurso de incalculable valor: una población heterogénea y diversa en la que conviven vecinos y vecinas que participaron en las primeras etapas de consolidación del barrio, con generaciones más jóvenes que han conocido una realidad urbana muy diferente. Y entre este último colectivo poblacional me tengo que referir a un grupo de personas cuya realidad me toca muy de cerca, tanto por la responsabilidad que ostento como por vivencias personales en la época de estudiante: el alumnado universitario, proveniente del conjunto del Archipiélago Canario que ha residido y reside durante sus años de formación en este barrio lagunero de La Verdellada o en el vecino núcleo de Barrio Nuevo.



Mis vivencias personales

Por eso, quiero hablarles brevemente, aprovechando este inesperado rol de pregonero de sus fiestas, de algunos de los recuerdos y percepciones personales que tengo de este lugar en el que ustedes habitan, que reconozco como uno de los más importantes de mi vida. En efecto, comencé a habitar muy cerca de aquí, en Barrio Nuevo, hace casi cuarenta años, como tantos jóvenes estudiantes universitarios venidos de todos los rincones del Canarias a vivir una etapa que cambia sus vidas para siempre y que también cambió la mía.

Tiene sentido rescatar aquí las palabras del inolvidable Mario Benedetti, cuando indicaba que “en el presente estamos fabricando las nostalgias que descongelarán algún futuro”. En este sentido, como solemos decir en las ceremonias de graduación, la etapa universitaria nos regala, a mí me regaló, una ingente cantidad de agradables nostalgias en muchos de mis futuros. Todo lo que nos ocurre y, sobre todo, como diría Juan José Millás, todo lo que se nos ocurre a lo largo de los años universitarios forma parte de lo mejor de nosotros mismos y de los lugares comunes, físicos y emocionales, a los que siempre añoramos volver. Y muchos de esos lugares, en mi caso, se hallan en los alrededores de este barrio.

Vine aquí en el año 1989, desde un humilde hogar del norte de La Palma, con 17 años, para estudiar Economía en la Universidad de La Laguna. Era mi segundo viaje en avión, habiendo hecho un trayecto similar, La Palma –Tenerife, un año antes para visitar a un familiar e informarme, precisamente, de alternativas de estudio. Junto a otros tres compañeros, conocidos del instituto, conseguimos alquilar un piso compartido, por 35.000 pesetas mensuales, que en los 5 años posteriores llegó a 45.000 pesetas, en el Barrio Nuevo, al final de la Calle Las Américas. Los arrendadores eran una pareja de habitantes del propio barrio, Doña Susana y Don Teófilo, que habían construido tres apartamentos con los ahorros que él trajo de su proceso migratorio a Venezuela, de manera que ellos vivían en el tercero y alquilaban a grupos de estudiantes los dos pisos inferiores. Al segundo año, los propietarios se trasladaron al centro de La Laguna, quedando los tres pisos en situación de arrendamiento.

A mí me tocaba gestionar, probablemente por mi condición de estudiante de económicas, las cuestiones referidas al contrato y al pago del alquiler, por supuesto en metálico, cada inicio de mes, así como a recoger y archivar los correspondientes recibos. Recuerdo que en una ocasión acudimos al domicilio de los arrendadores para firmar la renovación del contrato y efectuar el pago de la fianza. Sin embargo, éstos no se encontraban en casa y no pudimos, por tanto, realizar la operación. De esta manera, nos vimos en pleno centro de La Laguna, un jueves por la noche, con 35.000 pesetas. He de reconocer que no resistimos la tentación, teniendo recuerdos nítidos de esa noche en los ya inexistentes locales de la discoteca el Equilibrio o el conocido como “salsódromo”.

También recuerdo, con nostalgia, asistir a múltiples luchadas en el terrero que existía en el Barrio, en la Calle El Drago, atraído, además de por la afición que traía de mi infancia tijarafera, por el hecho de que uno de los compañeros de piso acabó formando parte del equipo. Además de a las luchadas, acudíamos muchas tardes a jugar al billar al bar anexo al terrero, denominado, de manera muy gráfica, “Bar campo de lucha”.

Hablando de acudir a competiciones deportivas, también recuerdo excursiones con los compañeros de piso, algunos domingos por la mañana en que había partido, al campo de fútbol, ubicado en la zona de la Verdellada que está al otro lado del barranco. Lo cierto es que no recuerdo la necesidad de abonar entrada, cosa muy probable, dado que habría sido, sin duda, un elemento disuasorio dadas las restricciones económicas a las que estábamos sometidos.

Y es imposible hablar de deporte en Barrio Nuevo y La Verdellada y no mencionar al Jocha, José Antonio Hernández, estando la triste noticia de su fallecimiento hace escasos días aún muy reciente. Si bien nunca fui cliente de su gimnasio, que nació a finales de los 80, a la vez que empecé a residir en el barrio, el icono de su figura era conocido y admirado por todos.

Hablando de la vida cotidiana de aquellos años, no sé si recuerdan el supermercado Komo Komo, situado donde hoy se ubica un establecimiento similar, pero de otra marca. En aquellos años, el Komo Komo nos parecía un prodigio de oferta comercial para realizar las compras básicas de alimentación y productos para el hogar. Era algo innovador, sobre todo para mí, joven proveniente del norte rural de la Isla de La Palma de hace 4 décadas. Y es que en aquellos años aún eran comunes las “ventas”, que podemos denominar de toda la vida, definidas según el diccionario ejemplificado de canarismos como “tienda de comestibles y de algunos otros artículos, incluso en ocasiones de bebidas alcohólicas”. De hecho, muy cerca de donde yo vivía, justo enfrente del terrero de lucha, existía una, regentada por Don Basilio, que siempre ofrecía conversación amena y en la que, atendiendo con precisión a la definición anterior, además de algún producto básico para resolver el día a día, se despachaba una cerveza o un vaso de vino para complementar y amenizar la visita

Recuerdo que, bien en las ventas o en el innovador supermercado, los compañeros de piso realizábamos siempre compras conjuntas y acabamos adoptando un criterio para seleccionar entre diferentes marcas de productos, que denominamos “operación RACSA”, y que se resumía en la idea de “comprar el más barato”, haciendo alusión precisamente a que la marca RACSA era la más asequible entre los aceites de cocina. Desde luego, esa idea de administrar recursos escasos fue una de las habilidades que tuvimos que desarrollar en esos años. Permítanme bromear apuntando a que es una capacidad que me ha resultado muy útil para gestionar una universidad pública en los tiempos que corren.

Y hablando de tiendas minúsculas, ninguna tan pequeña como la de don Quintín, en la Calle El Puente, en su cruce con Las Américas. Me entristeció mucho la noticia de su desaparición. Era habitual hacer una parada en nuestro regreso de la universidad para comprar un perrito caliente o un dulce denominado matahambres, cuyo nombre refleja a la perfección su composición, intensa y poderosa.

Y es que la actividad comercial constituye una fuente inagotable de recuerdos. En el caso de las peluquerías, por ejemplo, recuerdo que solía pelarme en la Peluquería Galván, que se hallaba en el Camino de La Hornera, próxima a la Facultad de Economía. No obstante, cómo no reconocer a la Peluquería de caballeros Juan que, una vez que Don Juan se jubiló para volver a su Fuerteventura natal, comenzó a ser explotada por Domingo. De hecho, hace alrededor de 12 años que comencé a pelarme nuevamente en ella, junto con mi padre, que acabó viviendo conmigo los últimos años de su vida. De hecho, lo normal era que a mi padre lo pelara Don Juan, hasta su jubilación, mientras yo era pelado por Domingo. Tras el fallecimiento de mi padre, sigo yendo a pelarme con Domingo, cuando el tiempo y la agenda me lo permiten. Domingo, a quien aprecio mucho, es una persona honesta y un profesional serio y riguroso, de trato amable y de conversación siempre inteligente y profunda. Evidentemente, además de por la calidad del servicio, ni que decir tiene que lo hago por la gran cantidad de agradables recuerdos que la visita siempre me procura.

Para terminar esta especie de relación de recuerdos de mi vida universitaria en La Verdellada y Barrio Nuevo, he de hacer aquí, en público y en primicia, la confesión de una anécdota que hasta ahora ha permanecido en el más absoluto secreto. Como sabemos, durante los procesos electorales es común colocar tablones para que las diferentes candidaturas difundan su cartelería electoral. Eso justamente ocurrió en las elecciones municipales de 1991 en La Laguna, que se celebraron el 26 de mayo de ese año. Unas semanas después de desarrollado el proceso electoral, durante el regreso de una noche lagunera, ya de madrugada, cuando el grupo de compañeros de piso íbamos a entrar en el Barrio a través de la Calle Obispo Pérez Cáceres en su cruce con la actual Avenida Torriani, en aquel momento aún conocida como Calvo Sotelo, reparamos en varios tablones abandonados en unos jardines aún con la cartelería electoral adherida. En la soledad de la madrugada y con el nivel de creatividad que nos proporcionaba la distensión de esa noche, tomamos conciencia de lo adecuados que resultarían para evitar la incomodidad de nuestros cochones, que se hundían notablemente y nos procuraban serios dolores de espalda. De tal manera que, dicho y hecho, dos de nosotros cargamos cada uno con su correspondiente tablón, que fue colocado esa misma noche en nuestras camas, resolviendo de manera definitiva esa inconveniencia. No recuerdo cómo fue la distribución, pero a uno de nosotros le tocó el tablón correspondiente a ATI y a otro el del PSOE, con, con las imágenes de D. Elfidio Alonso y D. José Segura aún impresas. Cuando marchamos del piso, allí quedaron esos tablones, espero que reutilizados por nuevas generaciones de estudiantes



Conclusión

Voy terminando. Como han podido ver, esta intervención ha estado compuesta de tres ingredientes.

En primer lugar, he querido recordar los orígenes de este barrio, que creció mucho en poco tiempo, pero que ha sabido mantener la esencia y, a la vez, construir una identidad propia.

También he tratado de trazar un paralelismo con la época de desarrollo reciente de nuestra Universidad de La Laguna, al igual que el barrio, hija de la etapa expansiva de mediados del siglo pasado.

Y, finalmente, he intentado unir ambos elementos a través de algunos recuerdos de mi propia historia en el barrio, que coinciden también con el inicio de mi vínculo con la Universidad de La Laguna. Lo he hecho tratando de seguir a Miguel de Unamuno, y su poderoso concepto de intrahistoria, entendido como la historia del hombre y la mujer corrientes, de las personas menos visibles, las que no salen en los titulares de prensa, la de todos y cada uno de nosotros y nosotras.

Si alguna enseñanza puedo extraer de esas vivencias, destacaría como especialmente importante la de que siempre tenemos algo que hacer para afrontar las circunstancias que nos toque vivir. Como dejó dicho Sigmund Freud: He sido un hombre afortunado, ya que nada en la vida me fue fácil.

Esto nos remite a uno de los mejores libros que, a mi juicio, se han escrito nunca y que todo ser humano debería leer: El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. Cuenta la historia del autor, un psicólogo, judío alemán, que pasa cuatro años en un campo de concentración durante la segunda guerra mundial y al que se le arrebata todo lo que de valor tenía en la vida, que ve morir a toda su familia y que sobrevive milagrosamente a esa pesadilla, concentrándose en analizar las reacciones del ser humano ante situaciones tan angustiosamente extremas. La conclusión es tan luminosa como estremecedora, proviniendo de una experiencia tan dramática. Nos dice Frankl:

“….al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino, para decidir su propio camino….”

Es decir, si bien no podemos elegir, en muchas ocasiones, lo que nos ocurre, siempre podremos decidir cómo afrontamos cualquier hecho que nos suceda. Esa decisión, última e íntima, depende en exclusiva de nosotros.

Ojalá pudiéramos no olvidarlo nunca.

Hagámoslo por los pioneros y pioneras de este barrio y también de nuestra Universidad de La Laguna, que esta noche hemos tratado de conectar y que no lo tuvieron nada fácil.

Verdeños y verdeñas, reforcemos nuestro compromiso y nuestro vínculo con este lugar…. nuestro privilegiado lugar en el mundo.

Felices fiestas patronales de La Verdellada 2026


Muchas gracias.


Leído en el Teatro del Centro Ciudadano de La Verdellada, el miércoles 22 de julio de 2026.


 

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